Textos


HISTORIAS DEL PAR IMPAR

Atardecía en B.
El minotauro impar había preparado una mesa de jardín, las redondas de plástico, cuya universalidad es indiscutible, con té y galletas. Estaba sentado en un tronco caído porque el medio cuerpo de toro le impedía entrar en las sillas y, aunque hubiese entrado, habría sido difícil que las sillas aguantasen su peso.
"Las crónicas sólo registran los minotauros con cabeza de toro" -dijo-. "Me atrevo a aventurar que es por la semejanza que tenemos los otros con los sátiros. Pero también hubo minotauros con patas de toro. Hubo, digo, ahora sólo queda el que ve." 
Me ahorró la historia de la doncella preñada que escapó de Dédalos, dando por descontado que los minotauros con cabeza de toro -actuales habitantes de A- ya me la habrían contado en detalle, y se concentró en una oscura historia que estos últimos callaron. 
Yo había cruzado la frontera esperando entrevistarme con el único minotauro con patas de toro. Así, al menos, me lo habían presentado los minotauros de A. Mi entrevistado me haría ver que, si bien la afirmación de los minotauros de A no era falsa, omitía un detalle que a estos les convenía obviar: que no siempre había sido el único minotauro con patas de toro.
"Todo empezó como un juego, como en el amor" -dijo mi entrevistado-. "No hace mucho, convenimos en organizar ferias con los habitantes de A. Metíamos dos minotauros por establo; un minotauro con cabeza de toro delante y un minotauro con patas de toro detrás. La broma era de una sencillez que me apena. Rematábamos los toros.." Buscaba la palabra. "Ilusorios" - le propuse. "Ilusorios, es cierto. Bien los rematábamos y en el momento de la entrega decíamos: ¿Lo quiere como reproductor o como cabecilla? Si decían como reproductor salíamos nosotros. Si decían como cabecilla salía  un habitante de A. Aquello duró un buen  tiempo. Hubo gente que murió de espanto. Pero usted sabe que los toros se compran, casi siempre, como reproductores, y los minotauros con patas de toro empezamos a escasear. Los otros vieron la oportunidad de dominarnos y empezaron las persecuciones. Fue cuando surgió la frontera. Algunos intentaron violarla disfrazándose de escoceses. Pero enseguida se delataban porque, si me permite el atrevimiento" -dijo acercándome su cabeza-, "al segundo whisky se subían la falda guiñándole un ojo a la camarera. Aquello fue el fin. Como los aventureros eran los más jóvenes de B, las jóvenes desatendidas se suicidaron y los que quedamos teníamos probabilidades muy escasas de reproducirnos y, le confieso, muy pocas ganas. Hasta el martes éramos dos. Ayer murió Martín. Y ya le dije, queda sólo el que es".

He escrito estas líneas mientras el sol terminaba de ponerse. No traje grabador y quise transcribir las palabras del minotauro cuanto antes. Aún no es de noche. El minotauro sigue frente a mí. Me ha sorprendido su estoicismo durante la charla. Estamos en silencio. Busco, por todas partes, una historia que no alcanzo a nombrar. Algo que leí y que pensaba al cruzar la frontera. La referencia al minotauro de Borges es demasiado obvia. Sin embargo, es algo referente a Borges, un libro que comentó. Trato de volver a verme caminando desde A; rehilar los pensamientos; pero es una asociación involuntaria -al dejar la taza junto al plato pensé que la dejaba en la orilla del plato- la que me trae el recuerdo:  es un historia de Las Mil y una noches. Ahí, en uno de sus viajes, Simbad se encuentra con unos marineros que llevan una yegua a la playa. Estos le cuentan que en el fondo del mar vive un caballo prodigioso. Cada mes el caballo se acerca a la orilla y ellos atan una yegua en la ribera. El caballo siente el olor y sale a copular. Ahora bien, el caballo es el último de su especie, así que siempre trata de llevarse a la yegua consigo. Los hombres, que habían atado a la yegua para que el caballo la preñara, salen a ahuyentarlo.  Algunas veces el caballo logra llevarse la yegua y la yegua se muere ahogada. Uno piensa: Qué estúpido, por el caballo. Pero después uno se queda en silencio. El caballo debe haber visto a muchas yeguas ahogarse, pero sigue buscando una que sobreviva.
Debo haber comenzado a hablar sin darme cuenta. Es de noche. El minotauro me mira con ojos muy redondos, casi esféricos. Ha preguntado por Simbad y por la playa. Pobre, se habrá creído que el caballo ese existe. Los minotauros son tan crédulos...

 

LA GRAN CONJURA

a Natalia Correa


 Dios moldeó el barro y de barro hizo la primera cucaracha.
Y Dios dijo: "He aquí la Tierra y el Cielo que he formado para ti."
 Y la cucaracha suspiró.
 Fueron el sexto día y el séptimo. Y la cucaracha fue con Dios y dijo: "No disfruto de la Tierra porque me desvivo por el alimento; ni disfruto del Cielo, porque el sol me amarga los trabajos"
 Y Dios formó a los animales y dijo: "Ahora vivirás con ellos y de ellos, porque lo que para ellos es nada para ti será suficiente."
 Y se sucedieron los días y las noches. Y la cucaracha fue con Dios y dijo. "Me fatigo persiguiendo a los animales porque un paso de ellos vale mil míos. Dota a uno de razón para vea que es mejor establecerse que trajinar, que es mejor conservar el alimento que buscarlo cada mañana."
 Y Dios dijo: "¿Qué animal que piense se dignará a vivir para ti?"
Y la cucaracha trepó por una de las incontables patas de Dios y susurró: "Dios creó al hombre a su imagen y semejanza."
 

 


CONSEJOS PARA DEJAR DE AMAR


En un diario de fecha reciente, aparece una serie de consejos para dejar de amar.
El primero es un poco débil: Cuando le ofrezcan un cigarrillo, rechácelo.
Sin embargo, si le ofrecen dos, está en condiciones de aceptar uno. Aun así, no se encariñe con él, ofrézcalo. Como el diario tiene un gran tiraje, observará que ningún enamorado lo acepta. Compre otro y espere a que estos nuevos consejos se publiquen. Se librará del primer cigarrillo, pero claro, no del segundo.
El segundo consejo es un poco más eficaz: No ame en su sillón favorito.
Se sabe que al enamorado pueden matarlo cosas que, para el resto de los mortales, son inocuas. Donde los otros escuchan una canción, el enamorado verá el cuerpo de su amada extenderse en la melodía, como si estuviera acostada en el tiempo y el deseo de encenderla y llevársela a la boca será irresistible. Por eso, es conveniente que exista un espacio de la casa en que la omnipresencia de la amada no penetre, como la estrella que los magos dibujan para resguardarse de los espíritus que invocan. Se corre el riesgo de que el enamorado transfiera su amor al sillón, pero al menos no lo verá bailar. Cuando mucho, se acordará de él cuando esté en el living de algún amigo, o cuando pase frente a una mueblería.
El tercer consejo es muy atento: No ame en lugares públicos.
De los lugares privados no se dice nada, aunque ya vimos que rige la misma prohibición para el sillón favorito del enamorado. Lo que lleva a preguntar: ¿Es el sillón un lugar público? La pregunta, en apariencia inocente, conlleva un temor paranoico: ¿Están los lugares privados contaminados por los lugares públicos? Esta taza que sostengo -y que otros que han estado en mi casa han sostenido, que, además, alguien ha comprado para venderme a mí, y alguien ha vendido a aquel que me la ha vendido- ¿me mira?

El cuarto consejo tiene un hondo contenido: No ame al bajar del ómnibus.
El amor es el vencedor de la muerte. Si la vida continúa, más allá del incesante cambio de todo lo que la ha recibido, es porque los individuos son momentos de una realidad más profunda: las especies. El viaje en ómnibus es una experiencia -desvalorizada por su cotidianeidad- de lo fugaz. Somos lanzados al trayecto como somos lanzados a este mundo de apariencias. No es de extrañar que el pasajero -sobretodo aquel que ha quedado en el pasillo, más expuesto a la proximidad de otros cuerpos que lo prolonguen- busque más que la materialidad del pasamanos para asirse. Así, descubrirá una sonrisa. Creerá ver en la proximidad -inherente al apretujamiento del ómnibus- la mano del destino. Y se sentirá obligado a actuar, con más urgencia que en cualquier otra situación donde no se le haga tan evidente la brevedad de su vida y lo irrepetible de la encrucijada.

Como la probabilidad de criar a una familia en el ómnibus es muy escasa, y los percances que esto ocasionaría al resto de los pasajeros muy notorios, urge la creación de un asiento para enamorados. Detrás del conductor, para el desaliento erótico y enfrentado a una ventana para que el resto de los pasajeros sean sombras (si bien se han reportado el casos de enamorados que, enceguecidos por su vicio, se han declarado a reflejos)

Los consejos siguientes merecen, al menos, mencionarse:

· Cuando ame, respire diez veces entre cada bocanada.
· No ame nunca por aburrimiento
· Deje de amar antes de una relación sexual
· No ame en su jornada laboral
· No ame si se encuentra relajado
· No ame cuando tenga las manos ocupadas
· Cuando ame deje de hacer cualquier otra cosa
· Guarde el corazón fuera de su alcance
· Deje el corazón en casa
· Ame, cada vez, tipos distintos de mujeres
· No ame cuando alguien esté amando en su presencia
· No se encariñe con el desamor

El último consejo que comentaré es concluyente: No ame después de las comidas.
Es sabido que no hay dolor poético capaz de hacer olvidar un dolor de muelas. No hay necesidad del alma que pueda ir contra las del cuerpo. Al principio el enamorado se resistirá, pero ya en esa resistencia inicial todo habrá terminado. Buscará un estímulo que aplaque el hambre, descubrirá el cigarrillo del que no ha podido deshacerse, lo encenderá y la embriaguez del tabaco, potenciada por el ayuno, clausurará el tiempo en ese instante completo de las drogas, y el enamorado desistirá del tímido suicidio de amar.

 


MONÓLOGO DE UN HUEVO EN LA SARTÉN

 

El hombre es una nube con pantalones
Giuseppe Ungaretti

Supongo que esto es lo que se llama mundo exterior. Ya veía yo que lo del pollito no iba bien. En fin...

Ahí viene este de nuevo con el aceite. Qué placer, no sabés lo lindo que es que te tiren aceite hirviendo arriba, deberías probarlo vos también una mañana...
Yo entiendo que tengas que desayunar ¿La palabra jamón te dice algo?
Yo pude haber sentido la tierra bajo mis patas, pude haber comprendido la plenitud del tiempo en el paso de las estaciones, hasta pude haber conocido el amor.... Y un jamón.... ¿Qué puede esperar de la vida un pedazo de jamón?

Hay que ver que al menos muero idéntico a mí mismo. Si me hubiese convertido en pollito capaz que ni me acordaba que alguna vez fui huevo, porque la barra es así.
Me hubiese gustado descubrirlo antes. Que me guardaran en la heladera y el frío me hiciera evidente que nunca sería todo lo que mi clara pedía ser. Me dejaron fuera, y hacía frío, sí; pero también calor. A veces el sol calentaba un poco más de lo corriente y parecía que bastaba un pequeño esfuerzo para que todo saliera bien. Todo salía mal, claro ¿Pero qué es un huevo sino la cáscara de una ilusión? Algo de eso les pasará también a los mamíferos, supongo.
En fin... 
 

Estos textos integran el volumen colectivo Voces en las manos, Tradinco, Montevideo, 2006 y el libro Figuras, Tradinco, 2007

 

 
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